Escuchar el sentimiento.
Del cómo presenciar la escucha, la predisposición atenta de la mirada.
Qué decir de la vida que se dirige casi siempre al abismo. Al borde de los límites de la existencia, yo me pregunto y él se pregunta y ellos también lo hacen. Todos nos preguntamos el por qué de esta existencia que se hace difícil y persistentemente ardua en sus días. No, la vida no era fácil, eso nos lo tenían que haber dicho cuando éramos infantes. Porque al niño se le obliga a ser la inocencia, se le obliga a no ver, pero el niño tiene todo el derecho del mundo a saber. Quizá por ello el fallo social, el fallo que interpela a los que son sensibles. Nadie nos predijo esto, nadie nos dijo nada. Nosotros simplemente observamos y asentimos, y a veces, hablamos. Quiere ser sordo el que oye, y ser ciego el que ve. La enfermedad me dijo que esto no podía ser así, que quien oye no puede quedarse sordo, ni por orden divina, que el que oye es el que siente el mundo quejarse, el que siente su mundo, también, resquebrajarse.
Escuchar era una gracia de los que humanamente se hacen saber humanos. Extrasensoriales. Escuchar era escucharse también a uno mismo. Pero no se queda sordo el que escucha, se queda sordo el que se obliga a ello. Escuchar sacude el alma, por eso la música. Nos ponemos la música para anestesiarnos del mundo, de lo que nos hace en extremo cansarnos. Yo no quería escuchar, pero escuché. No me valieron todos estos años en los que la humillación, el saberme diferente, el ver a mi psiquis hacerse con el don de la escucha me hizo también escucharme a mí misma. Por proyección o no: escuchamos.
Pero escuchar no requiere de ningún temperamento, ni de ni un tipo de atención especial, uno escucha porque ha asimilado la certeza de que en la escucha halla un encuentro con algo. Todo es válido, todo nos dice algo de nosotros y del mundo. Todo sirve para crecer si así lo deseamos. Escuchar requiere un estado atento del ser, no ya oír, oír es oír un murmullo, nada claro, pero escuchar es hacerse completamente oídos. Ahora escucho a Godár y su Lacrimosa. Entreno mis oídos para la música. Escuchar era también esto, deleitarse. Escuchar era el tacto de la belleza sonora, del ritmo. Todo tiene un ritmo, hasta los latidos del corazón se escuchan en la intimidad, ¿vistes? Eres capaz de escucharte a ti misma hasta en las entrañas de tu cuerpo, ya no solamente de tu ser.
El ser nos habla a través de símbolos, de metáforas, de señales y proyecciones del yo. Quien proyecta es porque tiene el poder de hacerse también en los demás. Pero no hablo de una proyección del gesto, sino de la conciencia. La conciencia habla a través de lo que hacen y dicen los demás directamente a nuestro ser. El ser, que se halla mediodormido la mayor parte del día, solo se despierta cuando nosotros tomamos conciencia de él. Mientras tanto, el ser sueña, aunque nosotros estemos despiertos. El ser se prepara en la somnolencia de la vida para ser completamente él cuando nos concienciamos de que nuestra es nuestra vida, nos es propia, nos es dada a un servicio hacia algo.
¿Ponemos el ser al servicio nuestro o al servicio a los demás? Hay que ponerlo de los dos modos, porque solo de los dos modos nos autocompletamos y completamos el mundo. Poner el ser al servicio de uno mismo solamente es algo egoísta, que no lleva a ningún lado salvo a la maldad. Por eso es tan necesario conocerse primero para ponernos al servicio de los demás. Porque solo así podremos dar lo mejor que tenemos. Lo peor que teníamos era no haber escuchado al ser. Este nos cerciora a través del sentimiento que la vida se hizo para aprenderla, al fin y al cabo, la muerte era solo un paso más en ella.
Quien hizo la vida nos engañó, ella no nos venía dada, la hacíamos nosotros con cada paso que dábamos. Escuchar a la vida era escuchar el canto del mundo: a veces llora y otras veces ríe. Y eso era lo importante. El mundo también tiene sus sentimientos y estos se ven influenciados por aquello que hacemos en él. Si escuchas a tus vecinos también estás escuchándote a ti mismo. Ellos pueden decir aquello que no dices, y así, de alguna manera, también te estás escuchando a ti misma. El diálogo se hace mental, por tanto. El diálogo no se tergiversa ni va en una única dirección, sino que habla de ambos lados.
Escuchar música. Escuchar un libro. Escuchar a los pájaros. Eso es también escuchar la vida, lo que hemos creado y lo que la naturaleza ha creado. Pero no podemos escuchar a un árbol crecer. Tampoco escuchamos las rosas que son movidas por el aire. Escucha, escucha, escucha, Piensa, piensa, piensa. Siente.
Eso era: sentir. En el sentimiento estaba la respuesta a lo que escuchabas. Él te dice. El sentimiento es el cuerpo del ser. Es lo que lo alimenta y lo que lo expresa. Si te atreves a sentir, te atreverás a escuchar, y viceversa. Por lo tanto, no te obnubiles frente a la tempestad, ten en cuenta que escuchar lo otro y lo de uno mismo en otro en realidad es como un don, de ti debe salir ser capaz de verlo. De ti debe salir que ver eso que escuchabas por tantos años no era más que una advertencia: la advertencia de que en este espíritu sonoro a veces no solo somos el receptor, sino también el emisor. Confía en la señal del sentimiento: él sabe.


