Habla, memoria
Artes que se entretejen en el recuerdo
Entiendo el teatro como un puente entre la vida y la verdad, entre la máscara y la ficción, entre el silencio y lo hablado. Me interesa porque en él puedo encontrar emociones e imágenes. Recuerdo claramente aquella imagen de La vida que te di de Pirandello por el dramaturgo Miguel Narros cuando "la hija" toca la luna con una flor y es caída al suelo... Narros supo condensar todo lo que significa la poesía para mí en una escena de 5 segundos. Y esa imagen se quedó grabada en mí a fuego, como un recuerdo difícil de olvidar. Luego están las imágenes del teatro visto en directo (la de Narros la vi por Teatroteca) y suceden las imágenes como cascadas. Van pasando delante de mí hasta ser olvido para volver a recordarlas otra vez. Es curioso el pulso de la memoria, por qué razón recordamos unas cosas y no otras. Quién sabe qué maquinaria utiliza.
Hablando de la memoria me basta recordar los primeros libros que leí: un enorme libro de Perrault, un cuento troquelado de Los tres cerditos, El jardín secreto, un álbum de adivinanzas de Susaeta. Lo recuerdo todo tan bien que hasta soy capaz de traer a la vida el olor que desprendían sus páginas. Estos recuerdos que se quedan en mí parecen sonar a cierta música interior. Como si cada recuerdo correspondiese a una nota musical o a una pieza. Me pregunto la extraña relación que tiene la música en mi vida con mi memoria. Porque ella es vasta pero la música es mucho más vasta aún. Se abre una puerta cada vez que recordamos algo, que damos a un recuerdo una salida, y con él sale un tipo de música… Como en el teatro, la música suena cuando el silencio se hace presente. Y va creciendo un esbozo singular, un esbozo de amor hacia la vida si el recuerdo es agradable. Si no es agradable nos sentimos malhumorados, como si en el fondo ese recuerdo bastase para hacernos desgraciados. Pero no vamos a hablar de desgracias, vamos a hablar de amor a las artes y a la memoria.
La memoria tiene el poder de darnos emociones diversas, muchas más emociones que las que sentimos en el primer momento que grabamos esos recuerdos en nuestra retina y nuestra experiencia. Me gusta quedarme con las imágenes que obtengo del teatro porque en ellas encuentro metáforas, resquicios de poesía. Son los gestos. Aquel Jardín de los cerezos de Chéjov en el Micalet me entusiasmó tanto que con tan pocos elementos supo hacerme discernir entre un teatro-hogar de un teatro-catedral (supongo que los que vais al teatro o sois asiduos a verlo sabéis de qué hablo). He conocido grandes emociones al ver teatro así como al ir a un museo. Así como asistir a un concierto así como leyendo un libro. Escuchar a Bach, por ejemplo, y sus variaciones Goldberg me calman en demasía. Cuando las escucho todo está bien, y si las toca Glenn Gould ya no digo nada más. Se está creando ahora mismo un recuerdo en mi ser de estar escribiendo mientras lo escucho. Se salva la vida así, se hace más agradable. Tengo la sensación de que todo volverá a su lugar dentro de poco, es una sensación tenue y ligera. La ansío muchísimo.
Así como también ansío ir a ver una buena obra. Creo que venia Carballal y el año que viene vuelve La Zaranda si no me equivoco. Me gustaría seguir viendo las obras del National Theatre, pero poco a poco. Lo cierto es que ver teatro en casa con un cuaderno y un bolígrafo en la mano es de las cosas más placenteras que existen. Escribir frases de la obra, escribir sensaciones, ideas… A través de las obras que veo voy formando un imaginario en mi cabeza bastante singular porque sé en un primer instante qué obras me van a decir cosas y qué obras no.
Me pasa lo mismo cuando voy a un museo. Puedo ser subyugada solo por una pintura o una escultura o una fotografía y que el resto de piezas no me digan nada. También ha llegado a suceder al contrario, que la exposición me haya encantado pero dos o tres obras me hayan parecido nefastas… Pero eso nos pasa a todos. Hace tiempo que no voy a un museo y ya debería ir yendo. Quiero pensar que están ahí esperándonos, como las catedrales, como el teatro, como una película o un libro. Somos asistentes de las grandes artes para que logremos entender el misterio de la creación, el misterio de la vida, la belleza de las cosas que somos capaces de crear.
Hablo de la memoria y recuerdo a Nabokov. Su último libro que leí: ¡Mira los arlequines!, me entusiasmó cuando se ponía a recordar el pasado, la infancia. Es una autobiografía ficcional que os recomiendo a todos y de la que pronto subiré su reseña en Détour. Hay también un libro de Nabokov llamado Habla, memoria; del cual no recuerdo si lo he leído o no, ¿os podéis creer? He leído tanto que todo se emborrona y se va entremezclando una cosa con otra. Eso es también la memoria, una caja llena de cosas que tenemos que ordenar. Pero creo que la memoria ordena ella misma también las cosas, les da un lugar en su espacio. Cómo de grande tiene que ser la memoria para contener toda una vida… ¿Os la llegáis a imaginar? Todas las cosas que hemos hecho, que hemos dicho, que hemos pensado, que hemos sentido… Y ella elige, ella habla solo de lo que quiere y como quiere. Hay que hacer de la memoria un baúl de los recuerdos que contenga sabiduría, que contenga amor, bondad, saber estar, agradecimientos… La vida es memoria en sí misma, y debemos escoger muy bien lo que decidimos recordar.


