Vivir para escribir
Algunas conclusiones.
Son las 9:44h. y he terminado hace un rato de escribir una reseña sobre la obra de Annie Ernaux que vi el viernes en Espai Inestable. Tomo un chai latte. Veo el cielo lloviznar a través del cristal. No son ni las 10 y también me he leído esta mañana un libro. Me pongo Voices de Jürg Frey, que conocí gracias a H. Hoy es día de estar en casa tras una semana extremadamente social y divertida (ayer fui a una fiesta de disfraces vestida de Bernarda Alba). Y nada, pienso sobre qué escribir hoy aquí. Qué inspiración me vendrá. Pienso en las sensaciones que nos proporciona la vida, la experiencia, los hechos que nos suceden. Veo un pájaro, un gorrión, abalanzarse hacia / contra los árboles. Pienso en Celan y pienso en Heidegger. Quisiera yo nombrar lo que estudié hace unos años (por mi cuenta, claro, ya que no estudié en la universidad) a través de la psicología profunda que nos ofrece Jung. Hoy día está más vivo que nunca para mí, y yo desearía leerme de nuevo todos sus libros (A. tenía toda la bibliografía y cada vez que iba a su casa me los iba dejando para que los leyera). Quisiera realmente enjugar palabras para dar voz a todo lo que aprendí y experimenté en el año 2012. Un año en el que cambió mi vida por completo. Me da pudor hablar de ello por aquí, quizá por el estigma, pero fue un año en el que experimenté el amor y La Paz profunda junto a la caída a los infiernos. Otros años venideros fueron buenos, hasta el 2019… Y más tarde el 2021, en el que todo volvió a cambiar otra vez.
Y es que creo que la vida tiene sus vueltas y sus encrucijadas aunque a veces no seamos capaces de verlas. Quise nombrar a los pájaros y me acordé de mis sueños. Anoche soñé que me deslizaba por sábanas pintadas de color plata y rosa, soñé con dibujos a grafito de torsos desnudos. Y me digo que tengo que dibujar todas esas cosas, porque esas cosas que creo en sueños me dan una perspectiva del mundo onírico que solo yo soy capaz de ver. Los sueños a veces nos nublan los días, les pone un velo. Como estas nubes sobre el cielo. Asimismo las voces de la música de Jürg Frey me amansan. Es una maravilla lo que la música nos puede hacer sentir, ¿verdad? Quisiera yo decir que nombrar aquello que no puede ser dicho en realidad no se puede predecir. Siempre hay un lugar para el juego en este aspecto, como de cuento extraño que se va haciendo a sí mismo.
Doy un último sorbo al té y yo desearía tomarme otro, pero eso no puede ser. Ya llevo un té y un café esta mañana y no son ni las 10. Más tarde, me digo. Así que me pongo la botella de agua al lado y voy bebiendo de ella. Estos días están siendo muy profundos e indescriptibles. Estoy escribiendo mucho en mi diario, y eso me sana, me cura, me alivia. Al hablar con J.E., que lo vi esta semana, me preguntaba a mí misma si la escritura puede ser una puerta al futuro y no solo al pasado. Con El acontecimiento de Annie Ernaux (la adaptación teatral que vi el viernes / el libro que me he leído esta mañana) me he dado cuenta de que así puede ser. Que estamos en la vida no solo para vivirla y experimentarla, sino también para contarla, para darle una voz.
Dar una voz a lo que nos ocurre y lo que pasa en la vida, la nuestra, nos recuerda que podemos ser libres en algún momento de nuestras vidas. Que podemos distanciarnos de esos hechos a los que nos hemos sentido atados, nos hemos sentido aferrados o con las manos engarzadas. Y es que no hay vuelta de hoja para que la vida nos haga ver que vivirla no es suficiente, también hay que escribirla. Esto es algo que dicen todos los grandes escritores pero que hasta que no te pasa en tu propia carne no te das cuenta del enorme valor que tiene la escritura. Escribir despierta la conciencia y nutre nuestra alma, así como leer también lo hace, pero escribir no se queda en esas meras cosas, sino que también expulsa: tanto lo malo como lo bueno. Escribir es dar vida a lo vivido. Es darle voz a la experiencia. Y de eso mi vida interior tiene mucha.
Así que: escribamos. Démosle voz al mundo y también a los sueños. A eso que nos atrapa y no nos deja. A esas cosas que se enlazan con el amor y el miedo y el nacimiento y la muerte. Porque todo acto nace y todo acto muere. Quien quiso ser espectador de su vida, es porque antes la experimentó. Y ésta se hace así voz sapiencial, la voz de nuestra conciencia, que se va volviendo sabia y conocedora de las emociones con el paso de los años.



Son las 10.22 y estoy acabando un café con sabor a turrón que compré ayer que, en grano, tiene un aroma maravilloso, pero molido, huele a naftalina. No ha sido la mejor forma de empezar el día. Por suerte, me he sentado frente al ordenador y me ha llegado tu texto. Email de Substack. Una nueva red social a la que acabo de llegar y no sé muy bien aún, cómo funciona. Pero ahora eso es lo de menos. Leo tus palabras y las siento cerca. Están cerca de las dos horas que pasé anoche enfrascada en la lectura de Los Kodokusha, cerca de mi bolígrafo azul y mi libreta moleskine sin líneas que esperan que los saque a pasear y nos sentemos en medio de una marabunta de árboles a escribir nuestras notas diarias. Sentir una forma de percibir el mundo semejante, o al menos próxima, genera un eco expansivo que reconforta. Gracias. A veces, leer palabras ajenas enciende la escucha a un susurro íntimo que está pidiendo atención. Y así se tejen las redes. Ayer leía que las palabras hay que atraparlas, pescarlas, porque sino, se desvanecen. Atrapar palabras para unirlas y encontrar vínculos. Porque qué es habitar, sino se extiende a una cuestión social. Te deseo buen día.
Me atrae cómo el trauma y la gracia aparecen en el mismo plano, sin jerarquía dramática. Amor e infierno. Paz profunda y caída. Y me gusta aún más la manera en que entran los sueños: como imágenes que piden continuación en el mundo...
También he estado estudiando el trabajo de Louise Bourgeois (la más jungiana sin nunca ser jungiana).